
Me encontraba caminando por las calles de la av. 9, en aquellos años cincuenta que tanto añoraba. Acababa de dejar la cámara de mi amigo y me encontraba con más ansias de perderme entre los callejones en busca de los caídos en la guerra civil de Pierola, en lugar de ir a casa a servirme una ayinomen entre los cucharones de mi tia Teofila.
Había sabido desde un comienzo que estos eran lo últimos días. Sin proponermelo, habían pasado ya más de 3 años desde el día que salí llorando del parque de la quinta estación. Mientras caminaba por el bullicio de sombras danzantes tomaba más cuenta de eso. No sé cómo, pero lo sabía. Al parecer un sueño me lo dijo, pero las maneras que lo hizo quien sabe dios sus razones.
Los personajes estaban dados, María, mi familia, mi audiofobia, mi camino, mis casualidades, aquel chico del periódico, los colores azules y los tintes debajo de la escalera de la calle Victoria. A la complejidad de las situaciones podía decirse que mi audiofobia y mis errores (intrínsecos desde ya a esos buenos pasos) eran los cómplices de noche. Mi refugio y mi pasión.
Prendí un cigarro, sabia mucho a mi otro yo, seguí caminando mientras imaginaba el futuro que me esperaba. En la esquina, las farsas hacían reír a un grupo de muchachitos que salpicaban su saliva en la camisa que ese día aun llevaba puesta. Era riesgoso, me dije, pero ya las cosas estaban confabuladas para la verdad. Una calma, una sensación de excitación recorría mi cuerpo desde el momento que sentí que el momento era justo.
Doble la esquina y el grito del zorro espantó a los transeúntes. Grito y no aullidos que desde ese momento acompaño. Era una semana. Yo ya sentía que comenzaba el último día.
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