Cuando sonreí quizá no entendió. Me di cuenta que cuando hacemos las cosas no importa que lo que sientas este intrínseca en ellas: debes aparentarlas, cubrirlas de un manto azul marea y ser un héroe. Porque cuando a ella ya no le duele, el dolor adentro no vale. Ni las lagrimas, ni la desesperación por silenciar estos momentos. Sus miradas. Nuestro amor.
Ella es fuerte y yo me estoy volviendo débil.
Soy un pobre huevón y lo seguiré siendo. Porque no puedo verla mal, porque el dolor pasa. Pero el bien con que los golpes van en la acera hacen que el pavimento sea duro. Y la luna me seguía mirando.
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